Los «Cazadores de Simuladores»: La desesperada estrategia para no volver al Frente Oriental

I. Las sombras de la enfermería de reserva

El dolor no era una línea continua; era un ritmo, una marea helada que subía con el latido del pulso y se retiraba dejando un rastro de ceniza en la boca.

Franz Kellermann permanecía con la espalda pegada a la pared de ladrillo visto de la sala tres del Reservelazarett de Breslau. Corría el mes de noviembre de 1944. El aire dentro del edificio, una antigua escuela femenina reconvertida a toda prisa en centro de clasificación sanitaria, olía a ácido fénico, a vendajes reusados varias veces y a la humedad acre del barro que los camiones traían pegado a las ruedas desde las orillas del Vístula.

En la mesa del fondo, bajo una lámpara incandescente que zumbaba como un insecto atrapado, el doctor Erich Lindemann tachaba nombres en un pliego de papel estraza.

A sus treinta y un años, Kellermann parecía un anciano tallado en madera dura y quemada. Su uniforme de la 269ª División de Infantería reposaba a los pies de la yacija, rígido por la mugre y la sangre seca de otros hombres. Era la segunda vez en catorce meses que ocupaba una cama de campaña con el cuerpo perforado por el acero rojo de los morteros soviéticos.

La primera vez, cerca de Smolensko, una astilla de metralla le había atravesado el muslo izquierdo, destrozando el músculo pero respetando la arteria femoral. Tres meses de convalecencia en Sajonia le parecieron entonces un intervalo irreal, una pausa concedida por la suerte. Pero la suerte en el Frente Oriental no era más que una prórroga con intereses usureros. En la bolsa de Cherkasy, su pelotón había sido aplastado por los tanques T-34 bajo una tormenta de nieve que congelaba las lágrimas antes de que rodaran por las mejillas. Había escapado de milagro, oculto durante tres días bajo los cadáveres congelados de sus propios compañeros mientras las orugas de los blindados enemigos aplastaban el terreno a pocos centímetros de su rostro. Una bala de ametralladora le había atravesado el hombro derecho al intentar cruzar el río, dejando una masa de carne queloide que aún le impedía alzar el brazo por encima del pecho.

Había sobrevivido a dos sentencias de muerte. Sabía con la certeza matemática que da el miedo puro que no habría una tercera oportunidad.

—Kellermann —dijo la voz desprovista de emoción del doctor Lindemann.

El médico ni siquiera levantó la vista del expediente. Frente a él, de pie como un poste de madera carbonizada, el capitán von Stauffenberg-Gronau —sin parentesco con los conspiradores de julio, como se encargaba de recordar a gritos a cualquiera que dudara de su fanatismo— sopesaba una lista de nombres con la mano enguantada en cuero negro. Pertenecía a los tribunales militares itinerantes, los Fliegende Standgerichte, enviados directamente por la cancillería para inspeccionar los hospitales y reclutar cualquier masa muscular capaz de accionar el cerrojo de un Mauser.

—Lleva aquí tres semanas, mayor —dijo el capitán, dirigiéndose a Lindemann sin mirar al soldado—. Las actas dicen que la herida del hombro muestra granulación completa. La articulación responde.

—Hay rigidez severa, capitán —intervino Lindemann de forma mecánica, con la apatía del médico que ha visto morir a miles de hombres y solo busca evitar una bronca con las SS—. La masa muscular ha perdido fuerza.

—Un rifle Mauser Karabiner 98k pesa cuatro kilos —cortó el capitán con frialdad—. Si puede sostener una pala para cavar su propia trinchera en la línea del Óder, puede sostener un fusil. Calificación: kriegsverwendungsfähig, apto para el servicio en el frente. kv.

La marca en el papel sonó como el chasquido de un látigo seco en la penumbra de la estancia.

Kellermann no dijo nada. Se limitó a apretar los mandíbulas hasta que sintió crujir la raíz de una muela picada. Detrás del capitán, en el ángulo muerto donde la luz del candil no lograba disipar la sombra de una columna de hierro, Franz vio por primera vez la figura.

No era una alucinación rápida, de esas que produce la fiebre del tifus o la abstención de morfina. Era un contorno denso, una silueta vestida con la capota gris de la Wehrmacht, pero arrugada y goteante de un lodo oscuro que olía a vegetación podrida. La criatura no tenía rostro; en su lugar, la parte superior de la cabeza se aplastaba en una masa informe de hueso blanco y materia cerebral expuesta, exactamente igual a como había quedado su amigo Schulze tras el impacto directo de un proyectil de setenta y seis milímetros en las trincheras de Vítebsk.

El muerto levantó un brazo sin dedos y señaló la espalda del capitán.

Te están esperando, Franz, pareció susurrar una voz que no venía del aire, sino directamente del hueso occipital de Kellermann, como el raspado de un clavo sobre un cristal. El fango en el Vístula es hondo. Hay sitio para ti debajo de nosotros.

Kellermann cerró los ojos con fuerza, tragó saliva seca y dio un paso atrás.

—Mañana a primera hora saldrá el convoy de reemplazo hacia el sector de Glogau —sentenció el capitán guardando la lista en su cartera de cuero—. Presentarse en la estación central a las seis de la mañana. Si no está allí, se considerará deserción en presencia del enemigo. ¿Ha entendido, soldado?

—A la orden, Hauptmann —logró articular Kellermann. La voz le salió agrietada, ajena a su garganta.

II. El fantasma del hospital

El pabellón de convalecientes era una galería estrecha con techo de bóveda de cañón. Por las noches, cuando se apagaban los quinqués de petróleo para ahorrar combustible y se imponía el oscurecimiento estricto contra las incursiones aéreas británicas, la estancia se convertía en una fosa común habitada por almas en pena.

El aire se enfriaba bruscamente a partir de medianoche. Las estufas de hierro fundido no recibían carbón desde hacía tres días, y los hombres se amontonaban bajo mantas deshilachadas que retenían el vapor de su propia respiración.

Kellermann no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, el peso de los cadáveres de Cherkasy volvía a posarse sobre sus costillas. Podía oír el crujido del hielo bajo las botas de la infantería soviética, el eco del metal rozando contra el suelo congelado. Pero esta vez el sonido no estaba solo en su memoria.

A las tres de la madrugada, un chasquido rítmico resonó sobre las baldosas del pasillo exterior.

Tac. Clac. Tac. Clac.

Era el sonido de una bota militar pesada a la que le faltaba la suela de goma, arrastrando una espuela suelta. Kellermann se incorporó en la yacija; el sudor frío le pegaba la camisa de franela a las cicatrices de la espalda.

A su lado, el joven cabo Weber, un muchacho de dieciocho años al que le habían amputado los dedos de los pies por congelación, dormía a tirones, dejando escapar un quejido agudo con cada espiración. Nadie más parecía escuchar el paso.

El sonido se detuvo justo delante de la puerta de madera carcomida del pabellón.

La puerta se abrió sin ruido. Por la pequeña ranura no apareció el rostro del guardia de turno, sino un ojo desorbitado, atravesado por filamentos de sangre negra, que miró directamente a la cama de Kellermann. No había párpado; la piel alrededor de la órbita estaba carbonizada, reducida a cera negra.

«No vas a volver, Franz», susurró la entidad. El aliento que cruzó la mirilla traía consigo el hedor insoportable del gas mostaza y de las entrañas expuestas al sol de verano. «Inventa algo. Usa el truco de la vaselina. Usa la gasolina. Si vuelves al río, te comeremos antes de que salgas de la trinchera.»

Kellermann se cubrió los oídos con los puños, apretando con tanta fuerza que vio nudos de luz blanca detrás de sus retinas. El crujido de los pasos se reanudó, pero esta vez no se alejaba: los taconazos comenzaron a sonar dentro de la habitación, subiendo por el pasillo central entre las hileras de camas.

Sintió la presión de unos dedos invisibles pero helados como bisagras de hierro sobre su hombro herido. El dolor fue tan sordo y punzante que estuvo a punto de gritar, pero la parálisis del terror le bloqueó la glotis. La sombra se inclinó sobre él; pudo sentir la textura informe de una chaqueta de paño militar deshecha por los gusanos rozándole la mejilla.

«Échate la fiebre en la carne, Kellermann. Engáñalos. Ellos quieren tu sangre para alimentar los cañones; dales estiércol.»

Cuando la luz grisácea del amanecer comenzó a filtrar por los ventanales tapados con tablas, la sombra desapareció, dejando tras de sí una huella húmeda sobre la sábana de Kellermann: una mancha de grasa oscura y negruzca que olía intensamente a petróleo rancio.

Kellermann miró la mancha y luego sus propias manos, que temblaban de forma incontrolable. El miedo a la ejecución por la Feldgendarmerie ya no era el único motor de su cerebro; el pánico ancestral a lo que le esperaba al otro lado de la razón había tomado el mando. Sabía lo que tenía que hacer. Había oído las historias en los trenes de heridos, los susurros entre veteranos tullidos sobre cómo conseguir una baja médica permanente o, al menos, un traslado al pabellón de infecciosos donde ningún comisario de la SS se atrevía a entrar.

III. La alquimia de la desesperación

A las siete de la mañana, mientras los pabellones despertaban entre la tos tuberculosa de los heridos y los gritos de los enfermeros, Kellermann se deslizó fuera del cobertizo de descanso y se dirigió a las cocinas traseras del hospital.

El suelo del patio estaba cubierto por una fina capa de escarcha rojiza, teñida por el hollín de los chimeneas del depósito de cadáveres adyacente. El plan que había germinado en su mente durante la noche era arriesgado, pero tenía la solidez de las mentiras desesperadas. No podía cortarse un dedo; los médicos militares conocían de memoria las marcas que delataban la autolesión (Selbstverstümmelung) y enviaban al responsable directamente al paredón. Tenía que simular una patología interna, algo tan virulento y repulsivo que obligara a la comisión sanitaria a ponerlo en cuarentena estricta.

Junto a los talleres de mantenimiento del hospital, Kellermann encontró lo que buscaba: un bidón de petróleo usado para las lámparas de la guardia y una lata de grasa mineral pesada utilizada para lubricar los ejes de las ambulancias.

Se escondió detrás de las pilas de carbón, con el pecho agitado. El aire helado le quemaba los pulmones.

Sacó de su bolsillo una pequeña navaja de muelle que había logrado ocultar. Con la mano izquierda, aferró el hombro derecho, la zona donde la cicatriz de la herida de bala aún mostraba un tono rosado y tirante. Introdujo la punta de la hoja justo bajo la piel, cerca del borde de la cicatriz vieja. No profundizó lo suficiente para tocar el músculo, pero sí para abrir un canal subcutáneo de unos cuatro centímetros. El dolor fue un latigazo blanco que le hizo hincar una rodilla en el suelo congelado, pero no emitió un solo sonido.

Con los dedos temblorosos, tomó una pequeña porción de la grasa negra del lubricante y la mezcló con barro del suelo del patio, contaminado con aguas residuales de la cocina. Empujó la mezcla pútrida dentro de la herida abierta utilizando la punta de la navaja. Luego, vertió unas gotas de petróleo directamente sobre la herida.

El ardor fue instantáneo y brutal. Sintió como si le hubieran vertido plomo fundido directamente en el cuello. El líquido químico reaccionó casi de inmediato con los tejidos expuestos, provocando un espasmo inflamatorio violento.

—Eso servirá… —susurró para sí mismo, apretando los dientes mientras la vista se le nublaba—. Una flemona fétida… Infección bacteriana masiva… gangrena gaseosa secundaria…

Se envolvió el hombro con la venda sucia que había quitado de su yacija, ocultando la herida provocada, y regresó tambaleándose al pabellón.

Para el mediodía, el veneno autoprovocado y la bacteriemia sintética habían hecho su trabajo con una precisión terrorífica. La temperatura corporal de Kellermann se disparó a cuarenta grados. La piel de la garganta y del pecho se le volvió de un color violáceo pálido, e hinchó la articulación del hombro hasta duplicar su tamaño natural. La infección artificial, combinada con la debilidad crónica de su cuerpo malnutrido, desencadenó un cuadro febril devastador.

Pero con la fiebre no vino el alivio del delirio suave, sino la condensación definitiva del horror.

IV. El tribunal de las sombras

A las tres de la tarde, la comisión médica de la Ersatzheer entró en el pabellón de clasificación para la inspección final antes de enviar la columna de reemplazos a la estación.

Kellermann yacía en la cama número catorce. Sus ojos eran dos pozos hundidos rodeados de una sombra verdosa. Respiraba a bocanadas cortas y ruidosas, produciendo un chasquido húmedo en cada inspiración.

El capitán von Stauffenberg-Gronau avanzaba entre las filas de camas escoltado por dos miembros de la Feldgendarmerie, los temidos «perros de cadena», reconocibles por las placas metálicas pectorales que brillaban con un reflejo frío bajo la luz tenue de los ventanales. Junto a ellos caminaba el doctor Lindemann, sosteniendo el tintero y la pluma con dedos temblorosos.

Cuando la comisión se detuvo al pie de la cama de Kellermann, el olor a podrido y a petróleo quemado era tan denso que el propio capitán retrocedió un paso, llevándose un pañuelo de seda blanca a la nariz.

—¿Qué es esto, mayor? —preguntó el capitán con tono de asco—. Ayer este hombre estaba apto.

—Un colapso repentino, señor —explicó Lindemann, retirando con cuidado la venda del hombro de Kellermann—. Presenta un cuadro de flemón hiperagudo con necrosis tisular acelerada. Muestre el brazo, Kellermann.

Kellermann dejó escapar un gemido bronco. Levantó la mano con lentitud extrema; el brazo parecía una manga de gasa hinchada llena de líquido purulento.

—Es una infección por anaerobios —continuó Lindemann, presionando la piel alrededor de la cicatriz. Al hacerlo, un burbujeo de gas con tufo a sulfuro y gasolina brotó de la incisión—. Vea la crepitación del tejido subcutáneo, capitán. Es un caso claro de gangrena gaseosa o una infección por clostridios extremadamente agresiva. Si este hombre sube al tren, contagiará a todo el vagón en doce horas. Debe ser trasladado de inmediato al pabellón de aislamiento de infecciones graves.

El capitán inclinó la cabeza hacia la herida, entrecerrando los ojos con sospecha. La escena rozaba la perfección: la fiebre ardiendo en las mejillas del soldado, la piel marmórea, el líquido pusilánime que brotaba de la piel. Por un instante, Kellermann sintió que la mentira había funcionado. La ilusión de la salvación flotó ante él como un lago de agua fresca en mitad del desierto.

Pero la ilusión se rompió no por un error del médico, sino por la intervención de lo que no pertenecía a este mundo.

Detrás de la figura del capitán de las SS, la sombra sin rostro del soldado mutilado de Vítebsk volvió a materializarse. No estaba sola. A su lado emergieron otras tres figuras grisáceas: hombres con las casacas desgarradas por metralla, con los vientres abiertos y colgados sobre las correas de sus cartucheras, con los cráneos aplastados por orugas metálicas. Eran los muertos de Cherkasy, los caídos de la 269ª División.

Los espectros no se limitaron a observar. Comenzaron a golpear el suelo con las culatas de sus fusiles inexistentes.

¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

El sonido no era auditivo, sino una onda sísmica que retumbó en los dientes de Kellermann y sacudió el aire de la estancia. Ninguno de los vivos parecía escuchar los golpes, pero el efecto físico se manifestó en el espacio real: el tintero que sostenía el doctor Lindemann saltó de su soporte, derramando la tinta negra directamente sobre el pliego de órdenes de transporte.

—¡Maldita sea! —maldijo el médico, intentando limpiar el papel con la manga.

La tinta derramada no se extendió de forma uniforme; corrió en hilos delgados sobre la madera de la mesa, dibujando una mancha con la forma exacta de una botella de combustible.

El capitán von Stauffenberg-Gronau no miró la tinta. Sus ojos se fijaron en la sábana de la cama de Kellermann. Con un movimiento rápido y brutal, el oficial tiró de la manta hacia abajo, dejando al descubierto la parte inferior del colchón donde Kellermann había ocultado el trapo con el que se había limpiado las manos tras manipular el petróleo.

Junto a la manta reposaba también, caída de la manga de la chaqueta durante los tiritones de la fiebre, la pequeña navaja de muelle, con la hoja aún manchada por la grasa mineral sintética y briznas de carbón.

El capitán se inclinó, tomó la navaja con la punta de los dedos enguantados y la acercó a su rostro. Luego la olió.

—Grasa de automoción —dijo con una voz suave, casi cariñosa, que resultaba mil veces más aterradora que un grito—. Y petróleo de lámpara de la marca Kaiser.

El doctor Lindemann se quedó helado, congelado con el trapo en la mano.

—No… no es una infección espontánea —murmuró el capitán, fijando sus ojos de águila en la cara sudorosa de Kellermann—. Es un sabotaje. Sabotaje a la fuerza militar del Reich mediante la auto-infección provocada.

—¡Capitán, el hombre está delirando por la fiebre! —intentó intervenir Lindemann, aterrorizado por la posibilidad de ser considerado cómplice por negligencia.

—¡Cállese, médico! —rugió von Stauffenberg-Gronau—. Este cobarde ha introducido lubricante y queroseno en su propia carne para simular una gangrena. Es un manual clásico de los simuladores del frente oriental. Un Drückeberger.

Los dos Feldgendarmen dieron un paso al frente, haciendo sonar las cadenas metálicas de sus gorjales sobre los pechos. El sonido fue como el choque de dos espadas sobre una tumba.

Kellermann miró al capitán y luego a los muertos que rodeaban la cama. Los espectros ya no señalaban al oficial; ahora se reían. Sus mandíbulas desarticuladas se abrían y cerraban en un espectáculo silencioso y grotesco. Habían logrado su objetivo: no volvería al frente. La deuda de la suerte había expirado.

V. La cacería en los subterráneos

El juicio duró menos de cuatro minutos. En el contexto de las directivas especiales dictadas por el mariscal Schörner para la consolidación de la línea defensiva del Este, los tribunales volantes no requerían la presencia de abogados ni de testimonios adicionales a la palabra del oficial examinador.

El acta fue redactada sobre la misma mesa manchada de tinta: Selbstverstümmelung (autolesión) y Wehrkraftzersetzung (subversión de la fuerza militar). La sentencia: pena de muerte por fusilamiento inmediato.

—Llévenselo al patio trasero —ordenó el capitán guardando la navaja como prueba en su bolsillo—. Que el resto de los convalecientes presencie la ejecución desde las ventanas. Que aprendan lo que le ocurre a la carne podrida que se niega a servir al Führer.

Los dos policías militares agarraron a Kellermann por los hombros. El dolor en la herida infectada fue tan desgarrador que el soldado soltó un alarido que hizo retumbar las paredes de bóveda. Sin embargo, cuando lo pusieron en pie, la descarga masiva de adrenalina y la proximidad del final provocaron una extraña mutación en su conciencia. La fiebre que le quemaba las entrañas se transformó en una claridad fría y desesperada.

Mientras lo arrastraban por el pasillo hacia las escaleras que bajaban al patio, la luz del edificio parpadeó y se apagó por completo. Un apagón general, causado por la interrupción de la red eléctrica municipal tras los bombardeos artilleros sobre las afueras de la ciudad, sumió el hospital en una penumbra casi absoluta.

Fue en ese segundo de confusión cuando Kellermann reaccionó.

Aprovechando que el guardia de la izquierda aflojaba el agarre para buscar la linterna en su cinturón, Kellermann le propinó un cabezazo violento en la nariz. Se oyó un crujido sordo de cartílago roto. El Feldgendarme soltó una maldición y se llevó las manos a la cara.

Con la fuerza ciega del animal acorralado, Kellermann giró sobre su costado sano, golpeó con el codo el estómago del segundo guardia y se arrojó hacia la izquierda, no hacia la puerta del patio, sino hacia la boca oscura de las escaleras que descendían a las bodegas de almacenamiento del edificio.

—¡Se escapa! ¡Disparen al cobarde! —gritó la voz del capitán desde el fondo del pasillo.

Dos disparos de pistola Walther PPK iluminaron la penumbra con destellos anaranjados. Las balas rebotaron en el marco de piedra de la entrada del sótano, haciendo saltar esquirlas de granito que le cortaron la mejilla a Kellermann.

El soldado rodó por los dieciocho escalones de piedra, golpeándose las rodillas y el codo enfermo contra los peldaños, hasta impactar contra el suelo de tierra apisonada del subterráneo.

El dolor desapareció, reemplazado por la anestesia del terror absoluto.

Se puso en pie tambaleándose. Las galerías subterráneas de la antigua escuela eran un laberinto de pasadizos abovedados destinados originalmente al almacenamiento de carbón y vino, convertidos ahora en depósito provisional de suministros y cadáveres no reclamados. El aire aquí abajo era glacial, con una densidad casi líquida que olía a tierra húmeda, humedad y putrefacción antigua.

Detrás de él, los pasos pesados de los guardias comenzaron a bajar las escaleras de piedra. Las luces de sus linternas creaban haces de luz amarilla que cortaban la negrura como sables.

—¡Kellermann! —resonó la voz metálica del capitán desde la parte superior del tramo—. ¡No hay salida! ¡Este subterráneo termina en el muro del depósito de agua! Si sale ahora, le prometo una muerte rápida por fusilamiento. Si tengo que buscarlo en el barro, lo colgaré de una viga con alambre de espino.

Kellermann no respondió. Se internó en el pasadizo central, arrastrando la pierna izquierda, que le fallaba por el esfuerzo acumulado. La oscuridad era total, pero él no estaba solo en la penumbra.

A cada lado del pasillo, apoyados contra las paredes de ladrillo, los muertos del hospital no estaban en ataúdes. Apilados en camillas de madera, cubiertos con sábanas de papel grisáceo que el moho había convertido en trapos negros, docenas de soldados caídos en los días anteriores esperaban a que la tierra se descongelara para poder ser enterrados.

Y entre ellos, flotando a pocos centímetros sobre el barro del suelo, las figuras de Vítebsk y Cherkasy caminaban a su lado.

«Por aquí, Franz», susurraban las sombras. Las voces ya no venían del aire, sino de las gargantas de los propios cadáveres apilados en las camillas, que abrían la boca con un crujido de mandíbulas secas al paso del huido. «Por aquí. El laberinto no tiene salida para los vivos, pero nosotros conocemos los rincones.»

VI. La ejecución en el abismo

Kellermann avanzó a tientas por el pasillo lateral derecho, guiado únicamente por el tacto de sus dedos sobre los ladrillos húmedos y las insinuaciones de las figuras espectrales que le abrían paso en la oscuridad.

El sonido de las botas de los Feldgendarmen resonaba con un eco múltiple en las bóvedas, haciendo imposible determinar a qué distancia exacta se encontraban. Los haces de las linternas barrían las paredes, proyectando sombras gigantescas y deformes sobre los cadáveres apilados.

—¡Ahí está! —gritó uno de los guardias desde el cruce principal.

El rayo de luz blanca de una linterna de alta potencia impactó de lleno en la espalda de Kellermann. El soldado se quedó paralizado un segundo, cegado por el reflejo de la luz en la humedad del muro de ladrillo que tenía justo enfrente.

El pasadizo terminaba en efecto en un muro ciego de mampostería gruesa: la pared del depósito de agua subterráneo. Había llegado al final del camino.

Kellermann se giró lentamente, apoyando la espalda contra la piedra fría. El dolor en el hombro había regresado con una violencia insoportable; la carne infectada parecía estar a punto de reventar bajo la presión de los gases.

El capitán von Stauffenberg-Gronau avanzó lentamente por la galería, flanqueado por los dos militares. Sostenía la pistola con ambas manos, alineando las miras directamente hacia el pecho de Kellermann. La luz de las linternas creaba un halo casi religioso alrededor del oficial de las SS, destacando la pulcritud de su uniforme frente al horror del subterráneo.

—Se acabó la comedia, soldado —dijo el capitán con voz tranquila, deteniéndose a cuatro metros de distancia—. Ha demostrado usted una notable tenacidad para la cobardía. Es una pena que no usara esa misma voluntad para defender las fronteras del Reich.

—No voy a volver… —consiguió articular Kellermann, con la boca llena de sangre que le brotaba de las encías debido al escorbuto y la infección—. No voy a volver a la nieve… a que me coman los perros…

—Nadie va a volver a la nieve —respondió el capitán sonriendo con frialdad—. Su guerra termina aquí mismo, en este foso de basura.

El capitán levantó ligeramente el cañón de la pistola para apuntar al espacio entre los ojos de Kellermann.

En ese preciso instante, la temperatura del subterráneo descendió de forma tan brusca que los alientos del capitán y de los guardias se congelaron en densas nubes de vapor blanco. La luz de las linternas comenzó a parpadear rápidamente, perdiendo potencia hasta quedar reducida a dos hilos de luz rojiza y moribunda.

De las sombras que rodeaban las camillas de los cadáveres apilados emergieron decenas de manos. No eran manos de carne; eran extremidades esqueléticas, ennegrecidas por la gangrena, cubiertas de tierra de trinchera y barro congelado.

El capitán no pareció notar la presencia de las entidades, pero el guardia de la derecha dejó escapar un ahogado grito de terror al sentir que unos dedos invisibles pero inhumanamente pesados le agarraban el tobillo desde debajo de una de las camillas.

—¿Qué… qué es eso? —tartamudeó el guardia, bajando la linterna.

—¡Atención al frente, imbecil! —ordenó el capitán, apretando el gatillo.

¡BANG!

El disparo de la Walther PPK resonó en el espacio cerrado con el estruendo de un cañonazo. La bala atravesó el pulmón derecho de Kellermann.

El impacto golpeó al soldado contra la pared de piedra. Kellermann sintió una quemadura dulce en el pecho, seguida de la pérdida inmediata de la capacidad de inspirar aire. Cayó de rodillas sobre la tierra húmeda, tosiendo bocanadas de sangre oscura que salpicaron las botas del oficial.

—Un trabajo limpio —dijo el capitán, bajando el arma—. Remátelo con un tiro en la nuca y tiren el cuerpo al pozo del estiércol.

Pero el guardia no obedeció. Los dos policías militares estaban petrificados, mirando fijamente la zona iluminada detrás del capitán.

Del muro de piedra que tenía a su espalda, el propio aire parecía estar desgarrándose. La figura sin rostro del muerto de Vítebsk no estaba sola; cientos de siluetas vestidas con ropajes militares desgarrados, con los rostros destrozados por metralla, sin ojos, sin mandíbulas, avanzaban en un enjambre silencioso desde todos los rincones del subterráneo.

El capitán von Stauffenberg-Gronau se giró bruscamente al notar el hedor. Por primera vez, la máscara de hielo de su rostro se fragmentó en una mueca de terror puro e incontrolable.

—¿Qué… qué clase de ilusión es esta? —gritó, levantando la pistola y disparando a quemarropa contra la primera de las sombras.

La bala atravesó el espectro sin causar el menor impacto, incrustándose en el muro de ladrillo del fondo.

Las manos muertas no tocaron a Kellermann. Pasaron de largo sobre el soldado agonizante y se cerraron con la fuerza del tornillo de un banco sobre el cuello, los brazos y las piernas del capitán de las SS y de los dos guardias.

Los gritos de los verdugos no resonaron fuera del subterráneo. La acústica de la bóveda pareció absorber el sonido, convirtiendo sus alaridos de dolor en un murmullo distante que se amortiguaba contra las sábanas de moho de los cadáveres. Kellermann, desde el suelo, vio cómo las figuras de los caídos en el frente oriental arrastraban al capitán y a los guardias no hacia la salida, sino hacia las profundidades del muro de mampostería, como si la piedra misma se hubiera vuelto líquida para recibir la cuota de carne que la guerra exigía.

El capitán luchó, arañando la piedra con las uñas hasta arrancárselas por completo, dejando un rastro de sangre roja sobre los ladrillos antes de ser absorbido por la oscuridad absoluta de la pared.

VI. El límite de la noche

Cuando la policía militar de la guarnición principal llegó al subterráneo tres horas más tarde, tras restablecerse el flujo eléctrico y notarse la ausencia del equipo de inspección, encontraron una escena que desafiaba toda lógica militar.

El cuerpo de Franz Kellermann yacía de rodillas, apoyado contra el muro de piedra del fondo. Tenía los ojos abiertos, fijos en la nada, pero en su rostro no había una mueca de agonía ni de terror; en las esquinas de sus labios secos se adivinaba la sombra de una sonrisa tranquila y burlona.

La autopsia realizada posteriormente reveló que había muerto por una hemorragia interna masiva provocada por un disparo a corta distancia en la cavidad torácica.

Del capitán von Stauffenberg-Gronau y de los dos Feldgendarmen de su escolta no se volvió a encontrar el menor rastro. En el registro oficial de la Wehrmacht, suscrito apresuradamente antes de la caída de la ciudad en manos del Ejército Rojo, los tres oficiales fueron declarados «desaparecidos en combate tras un bombardeo enemigo sobre el área del hospital de reserva número cuatro de Breslau».

Lo único que los peritos de la Gestapo encontraron en el pasadizo subterráneo, junto al cadáver del soldado Kellermann, fue una linterna militar encendida con la lente rota y tres marcas profundas sobre la pared de piedra: la huella de diez dedos humanos grabada en el granito como si la roca hubiera sido moldeada con cera blanda.

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