Anatomía de una Obsesión: El Primer Odio de Hitler

El aire en Linz no olía a primavera; olía a carbón húmedo, a orina de caballo y a la cal fría de las fachadas barrocas que amenazaban con desplomarse sobre los transeúntes. Adolf caminaba tres pasos por delante de August Kubizek, con las manos sepultadas en los bolsillos de su abrigo raído. No caminaba: marchaba con un frenesí contenido, una vibración casi eléctrica que hacía que sus talones golpeasen el adoquín con la cadencia de una maza de martinete.

Kubizek —a quien Adolf llamaba Gustl con una mezcla de conmiseración y afecto posesivo— sentía el aire frío filtrarse por las costuras de sus botas, pero lo que de verdad le helaba la nuca no era el viento del Danubio. Era la presencia a su lado. Hay personas que ocupan el espacio de manera física; Adolf ocupaba el espacio de manera psicológica, aplastando los pensamientos de los demás hasta que solo quedaba sitio para su monólogo.

—Míralos, Gustl —susurró Adolf. Su voz no era un silbido, sino un rasgado gutural, como si tuviese la garganta permanentemente quemada por una llama invisible—. Míralos arrastrarse. Es la masa. La masa es ciega, es cobarde, es una masa de carne que solo pide ser moldeada por una voluntad de hierro. No tienen espíritu. Son larvas.

Gustl no respondió. Sabía que cualquier objeción desencadenaría una catrafada de tres horas sobre arquitectura, la decadencia del Imperio Austrohúngaro o la contaminación de la sangre germánica. Se limitó a ajustar el estuche de su violín bajo el brazo. Pero entonces, Adolf se detuvo en seco.

La parada fue tan abrupta que Gustl casi tropieza con él.

—Adolf, ¿qué…?

—Cállate.

El mandato no fue fuerte, pero tuvo el impacto de una bofetada. Adolf no miraba a la masa. Miraba un punto fijo en la acera opuesta, junto al escaparate de una sombrerería.

Allí estaba ella.

Stefanie Rabatsch. Alta, de tez extremadamente pálida, con una melena rubia recogida en un moño impecable que destellaba bajo la luz mortecina de las farolas de gas. Vestía un abrigo azul oscuro con cuello de terciopelo. Caminaba al lado de su madre, un ama de casa de la alta burguesía con cara de pocos amigos. Stefanie llevaba un pequeño ramillete de flores en la mano y reía. Una risa limpia, ajena por completo a la podredumbre que Adolf veía en cada rincón del mundo.

En ese instante, el rostro de Adolf cambió de forma aterradora.

La mandíbula se le desencajó ligeramente, las pupilas se le dilataron hasta borrar casi por completo el azul pálido de sus iris, y su respiración se volvió tan acelerada que un vaho denso y violento brotaba de sus fosas nasales. No era la mirada de un muchacho enamorado; era la mirada de un depredador que acababa de fijar una presa sagrada, o la de un fanático religioso contemplando una reliquia que consideraba de su exclusiva propiedad.

—Es ella —susurró Adolf. La voz le temblaba, no de timidez, sino de una veneración enfermiza—. Es la pureza incarnada. La encarnación del ideal ario.

Gustl sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. Conocía las obsesiones de su amigo —los planos para rediseñar Linz, las óperas de Wagner, la pureza racial—, pero esto era diferente. Había una vibración oscura, una necesidad de posesión absoluta que rodeaba la figura de esa muchacha desconocida.

—Adolf, vámonos —dijo Gustl, tomando débilmente a su amigo por la manga de la chaqueta—. Nos van a mirar. Tu madre te espera para la cena.

Adolf le arrancó la manga de la mano con un manotazo tan violento que a Gustl se tambaleo.

—¡No me toques! —siseó Adolf, girándose hacia él con los ojos fuera de sus órbitas—. ¿No entiendes nada, pedazo de idiota? Ella ha sido puesta en mi camino. No es una coincidencia. Nada en el universo de un hombre con un destino es una coincidencia. Ella es la mujer que la Providencia ha guardado para mí.

Stefanie ni siquiera los había visto. Cruzó la calle, subió a un carruaje junto a su madre y la puerta se cerró con un golpe seco. El carruaje avanzó, las ruedas de madera resonando sobre los adoquines.

Adolf se quedó inmóvil, siguiendo el carruaje con la mirada hasta que se perdió en la niebla del atardecer. No pestañeó ni una sola vez. Cuando finalmente se volvió hacia Gustl, su rostro estaba desencajado por una vergüenza rabiosa, una humillación patológica que brotaba del hecho de saberse un muchacho sin oficio, sin dinero, vistiendo un abrigo raído frente a una dama de la alta sociedad.

—Tengo que hablarle —murmuró Adolf, y el tono se volvió sombrío, lleno de un odio reprimido—. Pero no así. No como un mendigo. Ella debe saber quién soy… o quién voy a ser.

La anatomía de una obsesión

Las semanas siguientes se convirtieron en un descenso a la paranoia. Para Adolf, Stefanie dejó de ser una persona de carne y hueso para convertirse en una abstracción, en un símbolo de todo lo que él deseaba y de todo lo que sentía que el mundo le negaba.

No le dirigió la palabra ni una sola vez. Jamás.

El ritual se repetía todas las tardes a las cuatro. Adolf arrastraba a Gustl al Schmiedgraben, la avenida principal por donde Stefanie solía pasear. Se colocaban en la esquina, al resguardo del viento frío. Adolf vestía su mejor traje —un conjunto raído que limpiaba compulsivamente con un cepillo duro hasta que la tela amenazaba con romperse— y se calaba un sombrero de ala ancha.

Cuando Stefanie aparecía, Adolf entraba en un trance sofocante. La vergüenza de su propia pobreza lo paralizaba, transformando su timidez en una ira volcánica.

—Mírala, Gustl —decía Adolf, apoyado contra la pared de piedra de un edificio barroco, con los puños apretados dentro de los bolsillos hasta que los nudillos se le ponían blancos—. Mírala cómo camina. No habla con esos oficiales del ejército imperial. Esos oficiales son decadentes, son sirvientes de una dinastía podrida. Ella sabe que ellos no son dignos. Ella me espera a mí.

—Adolf —susurró Gustl, aterrorizado por la fijeza de la escena—, ni siquiera sabe tu nombre. ¿Por qué no te acercas? ¿Por qué no te quitas el sombrero y le dices «buenas tardes, Fräulein»?

Adolf se giró hacia él con una lentitud de estatua. La luz de una farola cercana iluminaba la mitad de su rostro, dejando la otra mitad sepultada en una sombra negra.

—¿Acercarme? ¿Como un vulgar estudiante? ¿Como un burgués mediocre que pide permiso para existir? —Su voz bajó a un susurro lleno de veneno—. Yo no pido permiso, Gustl. Un hombre destinado a grandes cosas no hace el cortejo de un perro faldero. Ella debe sentir el peso de mi voluntad. Ella me mira, yo lo sé. Cuando pasa a mi lado, sus ojos buscan los míos. Hay una comunión telepática entre nuestras almas.

Gustl miró a Stefanie en ese preciso instante. La chica caminaba riendo con una amiga, mirando los escaparates de encajes. Ni una sola vez había desviado la mirada hacia la esquina oscura donde dos muchachos desharrapados la observaban. Stefanie no sabía que existía un tal Adolf Hitler. Para ella, eran solo dos sombras más en el paisaje urbano de Linz.

Esa desconexión absoluta entre la realidad y la mente de Adolf infundía un terror sordo en el corazón de Gustl.

—Hoy le escribiré —anunció Adolf de pronto, agarrando a Gustl por el antebrazo con una fuerza sobrehumana. Los dedos se le clavaron en la carne a través de la tela del abrigo.

—¿Le escribirás? ¿Una carta de amor?

—No es una carta de amor —gritó Adolf en voz baja, haciendo que un transeúnte se girase con extrañanza—. Es un manifiesto. Le explicaré mi misión. Le construiré un palacio en la colina del Pöstlingberg. Un palacio renacentista, con columnas dóricas y un salón de música para que toque el piano. Ella será la musa de la nueva Austria. Si no comprende mi grandeza… es que no es digna. Y si no es digna, destruiría el recuerdo de su rostro en mi mente con la misma facilidad con que se aplasta una cucaracha.

Gustl sintió que la sangre se le congelaba. En las palabras de Adolf no había ternura. Había un absolutismo aterrador. Stefanie no era una mujer a la que amar; era un territorio que conquistar, y si el territorio se resistía, la única opción lógica en la mente distorted de Adolf era la aniquilación.

La noche del velatorio

Semanas después, la madre de Adolf, Klara Hitler, cayó gravemente enferma de cáncer de mama. El doctor Eduard Bloch, el médico judío de la familia, entraba y salía de la modesta casa en Urfahr con rostro sombrío. El olor a yodo, a carne descompuesta y a vinagre rancio impregnaba cada rincón del pequeño piso.

Adolf veneraba a su madre con una devoción casi histérica, pero esa devoción coexistía con su obsesión por Stefanie en una mezcla grotesca.

Una noche de noviembre, mientras la nieve caía en copos pesados y húmedos sobre Linz, Gustl fue a visitar a Adolf. Encontró la vivienda a oscuras, salvo por la luz de una sola vela en la habitación principal.

Adolf no estaba al lado del lecho de su madre moribunda. Estaba sentado ante una mesa de dibujo inclinada, iluminado por la llama vacilante. Sobre la mesa había decenas de láminas de papel de plano cubiertas de tinta negra.

Gustl se acercó en silencio. Lo que vio le provocó una náusea repentina.

Eran los planos de una mansión gigantesca, casi monstruosa, de estilo neoclásico brutal, con hileras interminables de columnas y estatuas gigantescas. Pero no era eso lo que aterrorizó a Gustl. En los márgenes de los planos, Adolf había dibujado minuciosamente la figura de Stefanie. La había retratado vestida con túnicas germánicas, rodeada de fuego y estandartes. En algunos bocetos, la cara de Stefanie aparecía tachada con trazos de tinta tan violentos que el papel se había rasgado.

—Adolf… —musitó Gustl.

Adolf no se giró. Tenía los dedos manchados de tinta y carbón, y la cara hundida en un cansancio demacrado. No comía, penas dormía. Se alimentaba solo de pan duro, té y su propia rabia.

—Mi madre se muere, Gustl —dijo Adolf. Su voz sonaba lejana, casi monótona, pero cargada de una vibración siniestra—. El doctor Bloch no puede hacer nada. La medicina moderna es impotente. Todo se desmorona a mi alrededor. Mi madre se muere, el Imperio se pudre… y Stefanie no me responde.

—¿Le enviaste la carta? —preguntó Gustl, temblando.

—Le envié un poema anónimo. Un poema donde le advertía sobre el destino que le espera a este país si las fuerzas de la decadencia triunfan. Le dije que solo un hombre con la fuerza de voluntad suficiente podría salvarla a ella y a nuestra estirpe. Y hoy… hoy la he visto en el puente sobre el Danubio.

Adolf se levantó de la silla con un movimiento convulsivo. La vela parpadeó, proyectando su sombra gigantesca sobre la pared de la habitación, una sombra que parecía doblarle el tamaño y envolverlo en alas de murciélago.

—¿Y qué pasó? —preguntó Gustl, retrocediendo un paso sin darse cuenta.

—Pasó a mi lado. Iba con ese oficial… ese teniente de caballería de mierda. Iban riendo. Él le rozó la mano. —Adolf apretó los dientes con tal fuerza que Gustl oyó un crujido seco—. Ella sonrió. Sonrió a ese gusano uniforme.

Adolf se acercó a Gustl. Olía a sudor rancio, a carbón y a la pomada que usaban para las llagas de su madre. Sus ojos eran dos pozos negros en los que no había un solo destello de empatía.

—Si ella no me pertenece a mí, no le pertenecerá a nadie —dijo Adolf en un susurro congelado—. Si se entrega a uno de esos seres inferiores, destruirá su propia pureza. Y yo no puedo permitir que el ideal sea contaminado.

—¿Qué estás diciendo, Adolf? —la voz de Gustl era un hilo imperceptible—. Es solo una chica. No te conoce. No te debe nada.

Adolf agarró un compás de latón de la mesa de dibujo. La punta de acero relució bajo la luz de la vela. Comenzó a clavar el compás en la madera de la mesa, una y otra vez, con un ritmo metronómico y enfermizo. Tack. Tack. Tack.

—Nadie es «solo una chica» —siseó Adolf, clavando el compás con más fuerza—. Todos somos piezas de un juego cósmico. Ella es el símbolo de la patria que debo rescatar. Si se niega a ser rescatada, si prefiere revolcarse en la mediocridad del fango burgués… entonces el destino exige su aniquilación. He pensado en saltar con ella desde el puente del Danubio.

Un silencio sepulcral cayó sobre la estancia. Solo se oía la respiración entrecortada de Klara Hitler desde la habitación adyacente y el impacto seco del compás contra la madera.

Gustl sintió una oleada de pánico puro. La mente de su amigo no funcionaba como la de los demás hombres. En la mente de Adolf no había espacio para el rechazo, para el duelo o para la resignación. Solo había dos categorías: la sumisión total a su voluntad o la destrucción absoluta.

—Adolf, por favor… —suplicó Gustl, con el corazón martilleándole en el pecho—. No pienses esas locuras. Vámonos a Viena. Dijiste que nos iríamos a Viena a estudiar arte y música. Olvídate de ella.

Adolf detuvo el compás. La punta quedó clavada profundamente en el centro del rostro dibujado de Stefanie sobre el plano. Se quedó inmóvil durante varios segundos, escuchando el estertor lejano de su madre.

Finalmente, una sonrisa amarga y sin calor se dibujó en sus labios finos.

—Sí. Viena —murmuró Adolf. Su tono cambió bruscamente, pasando del frenesí a una frialdad calculadora que resultó aún más aterradora—. Nos iremos a Viena. Allí me convertiré en un gran arquitecto. Construiré edificios que durarán mil años. Y cuando regrese a Linz… cuando regrese al mando de los destinos de esta tierra, Stefanie estará vieja, marchita, casada con un funcionario insignificante y rodeada de hijos enfermizos. Se arrastrará a mis pies para pedirme una limosna. Y yo la miraré desde mi altura y ni siquiera la recordaré.

Adolf apagó la vela de un soplo, dejando la habitación sumida en una oscuridad total.

En medio de la penumbra, Gustl solo podía escuchar la respiración pausada y rítmica de su amigo. No había dolor en esa respiración, ni pena por la madre que agonizaba en la estancia contigua, ni despecho romántico. Solo había un vacío helado, una sima insondable de resentimiento y fanatismo que estaba esperando el momento preciso para devorar al mundo entero.

Y en esa oscuridad, Gustl rezó en silencio por la remota y desconocida Stefanie Rabatsch, deseando con todas sus fuerzas que aquella muchacha rubia jamás supiera el nombre del monstruo que había caminado a su lado en las tardes frías de Linz.

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