
Capítulo I: El Infierno en el Cielo de Brandeburgo
El motor de pistón del Focke-Wulf Fw 190 bramaba con una furia metálica que retumbaba directamente en los dientes de Hanna Reitsch. A cuatrocientos metros de altitud, sobre la vasta extensión quemada de Brandeburgo, el cielo no era azul, sino un lienzo dantesco teñido de naranja, violeta y negro por los incendios ininterrumpidos de Berlín. El olor a gasolina de alto octanaje, mezclado con la pestilencia acre del humo de cordita y carne quemada, lograba filtrar la cabina hermética.
A su lado en el estrecho biplaza, el general Robert Ritter von Greim apretaba los puños contra sus muslos. Los nudillos del veterano aviador estaban blancos como la cal. Debajo de ellos, la artillería antiaérea soviética —los temibles cañones Flak capturados y las baterías de Katyusha— desplegaba una cortina ininterrumpida de fuego trazador. Las ráfagas rojas y verdes ascendían como serpientes luminosas hacia el fuselaje.
—¡Nos están fijando desde el sector sur, Hanna! —gritó Von Greim a través del intercomunicador, su voz distorsionada por las estáticas y el temblor de la aeronave.
—¡Sosténgase, General! —respondió Hanna. Sus ojos claros, fríos y calculadores, escudriñaban el horizonte colapsado. La pequeña aviadora picó el caza hacia el suelo en un picado suicida, rozando los tejados en llamas. La fuerza G apretó su pecho contra los arneses de cuero, pero sus manos diminutas se mantuvieron firmes sobre la palanca de mando.
Un impacto sordo sacudió el plano izquierdo. Una marea de fragmentos de metralla atravesó el suelo del vientre del avión. Von Greim ahogó un alarido cuando una ráfaga le destrozó el pie derecho, pulverizando la bota y bañando la cabina en una lluvia tibia de sangre. Hanna no parpadeó; con un movimiento rápido, tiró de la palanca, equilibró las alerones dañadas y encarriló la nave hacia la masa de ruinas que una vez fue el corazón monumental del Reich.
Delante de ellos, la arbolada avenida del Tiergarten se abría como una estrecha cicatriz entre edeficios derruidos y postes de luz caídos. El humo era tan denso que la visibilidad caía a menos de cincuenta metros. Cráteres de bombas sembraban el asfalto.
—¡Voy a tomar tierra en el eje de la Puerta de Brandeburgo! —anunció Hanna con serenidad casi inhumana.
El Fw 190 rebotó salvajemente al tocar el pavimento agrietado. Hanna frenó en seco, corrigiendo los coletazos con el timón mientras los proyectiles soviéticos silbaban sobre el dosel de la cabina. El caza se detuvo a escasos diez metros de la columna de la Victoria, con el motor humeante y el plano izquierdo destrozado. Habían logrado lo imposible: habían entrado en la fortaleza Berlín.

Capítulo II: Las Sombras del Führerbunker
El descenso al Führerbunker fue un viaje hacia las tripas de la locura. Mientras Hanna ayudaba a dos granaderos de las SS a llevar a Von Greim en una camilla improvisada, el aire se volvía cada vez más denso, cargado con el tufo a humedad, antiséptico, sudor añejo y el perfume dulzón de Eva Braun.
A las diez de la noche del 26 de abril, el búnker bajo la Cancillería del Reich era un hervidero de desesperación amortiguada. En los pasillos de hormigón crudo, oficiales vestidos con uniformes impecables pero arrugados consumían copas de coñac en silencio, sabiendo que la artillería de Zhúkov estaba a solo unas manzanas de distancia. El suelo retumbaba incesantemente con vibraciones sordas que hacían temblar las lámparas incandescentes y soltaban un polvillo blanco del techo.
Adolf Hitler salió de su despacho privado apoyándose pesado en la pared. Hanna sintió una punzada de horror en el estómago. El hombre ante ella no era el caudillo omnipotente que había aclamado las multitudes en Núremberg. Era un anciano encorvado, con el rostro ceniciento, los ojos desorbitados y una mancha de sopa en la solapa de su chaqueta militar. Su mano izquierda temblaba en un espasmo incontrolable que intentaba ocultar sujetando su espalda.
—Greim… Reitsch… —susurró Hitler con una voz áspera y quebradiza—. Habéis venido. El cielo aún pertenece a mis aviadores.
Esa misma noche, en una reunión a puerta cerrada donde la luz de los flexos de mesa proyectaba sombras grotescas sobre mapas de operaciones desfasados, Hitler nombró formalmente a Robert Ritter von Greim como Generalfeldmarschall y nuevo Comandante en Jefe de la Luftwaffe, destituyendo oficialmente a Hermann Göring.
«Nadie abandona este búnker con vida a menos que sirva a la voluntad final del Reich. La victoria se ha vuelto imposible, pero la leyenda no debe ser profanada.»
— Declaración atribuida a Adolf Hitler, 27 de abril de 1945.
Durante cuarenta y ocho horas, Hanna presenció la decadencia absoluta. Vió a Magda Goebbels peinar a sus seis hijos con una calma escalofriante, sabiendo la suerte que les aguardaba; escuchó al general Hans Krebs trazar divisiones fantasma en un mapa cuyo frente real ya no existía. Y fue durante la segunda noche, en la oscuridad de las cuatro de la madrugada del 28 de abril, cuando el Führer la citó en secreto a su despacho junto con Von Greim, cuya pierna ensangrentada estaba atada con torniquetes de fortuna.
—Tienen una última misión de trascendencia absoluta —dijo Hitler. Su mirada no se posó en Hanna, sino en la puerta blindada que conectaba con los pasillos inferiores de la Cancillería—. No se trata de Göring ni de Himmler. Se trata del legado. Deben evacuar a la base naval de submarinos de Flensburgo un paquete vital.
En ese instante, la puerta se abrió. Flanqueada por dos guardias de la guardia personal Leibstandarte con metralletas MP-40, avanzó una figura imponente.
Hanna ahogó un jadeo. La persona vestía una túnica de cuero negro impermeable que llegaba hasta los tobillos, ajustada con cinchas. Las manos estaban cubiertas por gruesos guantes quirúrgicos de caucho plomizo. Pero lo más pavoroso era la cabeza: una máscara anatómica de cuero oscuro y visera totalmente opaca cubría cada milímetro de piel. Ni un poro, ni un mechón de cabello, ni una mirada era visible. La criatura respiraba mediante una pequeña válvula de cobre que emitía un siseo rítmico, metálico y pausado: chs-s-s… chs-s-s.
—Esta persona no habla —ordenó Hitler con tono cortante que no admitía réplica—. No intenten saber quién es. No intenten mirar bajo la máscara. Si este pasajero cae en manos de los rusos, la destrucción de Alemania será completa e irreversible. Llévenlo ante el Gran Almirante Dönitz en el norte.
Capítulo III: El Vuelo del «Storch» bajo la Lluvia de Fuego
Madrugada del 29 de abril de 1945. Berlín ardía en una agonía final. El aire sobre la avenida entre el Tiergarten y la Puerta de Brandeburgo era una ventisca de chispas, escombros y proyectiles de mortero.
Hanna corrió por el asfalto destrozado hacia el único avión utilizable que quedaba: un pequeño monomotor de enlace Fieseler Fi 156 Storch, traído horas antes por un arriesgado piloto de la Luftwaffe. A su lado, Von Greim cojeaba dolorosamente apoyado en sus muletas. Tras ellos, rígido y en silencio, caminaba el Pasajero de la Máscara, cuyo pesado abrigo de cuero ondeaba al viento caliente de los fuegos.
—¡Rápido! —gritó Hanna, ajustándose las gafas de aviador sobre la tez pálida—. ¡Los tanques soviéticos están a menos de trescientos metros! ¡Puedo ver los destellos de sus ametralladoras!
Subieron a Von Greim en el asiento posterior. La figura enmascarada se acomodó en el centro, apretándose en el estrecho habitáculo de la cabina acristalada del Storch. Hanna subió al puesto del piloto. Cuando rozó la manga del pasajero misterioso, sintió una frialdad antinatural a través del cuero, como si la criatura careciera de calor corporal.
Hanna encendió el motor Argus V8. Las palas de la hélice comenzaron a girar en un zumbido agudo. A través de la estructura acristalada, vio cómo varias bengalas rojas soviéticas iluminaban la avenida: los soldados del Ejército Rojo los habían descubierto.
Una descarga de fusilería atravesó el fuselaje de entelado de la aeronave. Un impacto quebró el cristal lateral derecho, pasando a milímetros de la máscara de cuero del silencioso acompañante. La figura ni siquiera se inmutó; su cabeza permaneció inmóvil, mirando al frente a través de las rendijas oscuras.
—¡Nos vamos! —bramó Hanna.
Soltó los frenos. Gracias a las increíbles capacidades (despegue corto) del Fieseler Storch, el avión aceleró frenéticamente. En menos de cuarenta metros, sorteando tanques destrozados y llamas que amenazaban con derretir las alas, el Storch se elevó casi en vertical, trepando entre los edificios en ruinas.
Un reflector antiaéreo soviético enganchó la pequeña aeronave. Las trazadoras comenzaron a tejer una red mortal a su alrededor. Hanna puso el avión sobre un ala, dejándose caer en picado entre las columnas de humo de las chimeneas destruidas de la ciudad. Volaba a tan solo quince metros del suelo, esquivando cables telefónicos caídos y los tejados destripados. El motor gritaba a máxima potencia. Tras tres minutos agónicos que parecieron una eternidad, la masa de fuego de Berlín empezó a quedar atrás, sustituida por la sombra oscura de los bosques de Mecklemburgo.
Capítulo IV: Misión Cumplida en la Niebla de Flensburgo
La travesía hacia el norte fue una pesadilla de navegación a ciegas. Cazadores nocturnos británicos Mosquito patrullaban el cielo, obligando a Hanna a rozar la copa de los árboles en medio de una niebla espesa y helada que descendía desde el Mar del Norte.
A las seis de la mañana, con las últimas gotas de combustible marcando cero en los indicadores del tablero, Hanna divisó los hangares camuflados de la base naval de submarinos de Flensburgo, en la frontera con Dinamarca. El pequeño Storch posó sus ruedas en la hierba húmeda y se detuvo exhausto cerca de los muelles donde los submarinos U-Boot clase XXI permanecían amarrados en la penumbra.
Un destacamento de oficiales de la Marina de Guerra (Kriegsmarine) rodeó inmediatamente el avión. Al frente figuraba un capitán de navío con insignia de la flota de U-Boote, acompañado por dos médicos con maletines sellados.
Hanna abrió la cubierta acristalada de la cabina. El aire frío y salado del mar inundó el espacio sofocante.
—Capitana Reitsch —dijo el oficial naval, saludando rígidamente—. El Gran Almirante Dönitz ha sido informado de su llegada. ¿Trae la carga de Berlín?
Hanna no respondió con palabras. Se volvió hacia la figura del asiento central. El Pasajero de la Máscara se levantó sin emitir un solo gemido de cansancio tras el brutal viaje. Con movimientos pausados y precisos, descendió del avión. Los oficiales navales adoptaron una postura de firmes casi aterrorizada, abriendo paso hacia una pasarela metálica que conducía directamente al interior del submarino U-3523, cuyas escotillas permanecían abiertas e iluminadas por una tenue luz roja de combate.
Antes de descender por la torre de mando del submarino, la figura enmascarada se detuvo por un segundo. Se volvió lentamente hacia Hanna Reitsch. Con la mano enguantada en cuero negro, realizó un sobrio gesto de saludo con la cabeza. Hanna vio brillar, solo por un instante detrás de la hendidura oscura de la máscara, dos puntos de luz ámbar, antes de que el pasajero se sumergiera para siempre en las entrañas de acero del sumergible.
La escotilla de la torre se cerró con un chasquido pesado y hermético. Minutos después, los motores diésel del submarino rugieron en las profundidades de la bahía. El U-Boot soltó amarras y comenzó a deslizarse en el agua hacia las profundidades heladas del Océano Atlántico.
Hanna Reitsch se quedó de pie en el muelle, bajo la llovizna helada del norte, viendo desaparecer la estela del submarino. Había cumplido su misión. Berlín había caído, el Tercer Reich yacía hecho cenizas, pero el secreto más oscuro de la guerra acababa de navegar hacia lo desconocido.

